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La historia de Gran Canaria

Las Islas Canarias ya eran conocidos por los fenicios, los griegos y los romanos, éstos se inspiraron en su idílica atmósfera para denominarlas "Jardín de las Hespérides" e "Islas Afortunadas". Junto con las islas Azores, Cabo Verde, Madeira y Salvajes, representaban para Platón los últimos vestigios del legendario continente de Atlántida.
Plinio el Viejo narra que el rey Juba II de Mauritania envió una expedición a este remoto rincón del Atlántico, y que los exploradores regresaron llevando a su soberano dos gigantescos perros (canes) originarios de esos lugares: de este episodio, la tradición ha derivado la etimología misma del nombre Canarias.

Lo cierto es que, cuando Juba mandó explorar las islas, y Gran Canaria en especial, vivía en ellas una población aborigen de probable origen africano. El hecho de que no se hable de ella en el informe de Plinio deja suponer que, escondidos en las grutas, los indígenas lograron sustraerse a la curiosidad de los extranjeros. Esto habría posibilitado a la cultura de los guanches, llegados a las Canarias entre el 3000 y el 2000 antes de Cristo, un desarrollo secular completamente autónomo, libre de cualquier influencia externa.
Se trataba de un pueblo de índole pacífica y respetuoso de las leyes, que se había dado muy precisas: le distinguían características peculiares, tanto desde el punto de vista físico (eran muy altos y superaban con frecuencia el metro ochenta de estatura; además, según algunas teorías, eran pelirrojos) como de las costumbres (aunque vivían en un archipiélago, no sabían nadar y nunca se dedicaron a la navegación).
Los guanches vivían en aldeas muy pobladas. cultivaban la tierra y criaban ganado: la organización social era muy rígida: en su vértice estaban los guarnatemes, o caudillos locales, de los que sólo en Gran Canaria había 14.

En esta isla se veneraba al dios del sol, Alcorán, y se llevaban a cabo ritos propiciatorios para la fertilidad de la tierra y las lluvias: en las montañas sagradas vivían las vírgenes llamadas harimaguadas. Las mujeres gozaban de gran consideración y respeto, puesto que solamente a través de ellas podía perpetuarse la estirpe; las jóvenes futuras esposas permanecían cierto tiempo en las grutas del Cenobio de Valerón - destinadas a depósitos -; recibiendo una esmerada alimentación que las preparaba a la importante función que estaban llamadas a cumplir. Entre otras costumbres singulares de los guanches, merece recordar la momificación de los cuerpos de los difuntos: quitaban las vísceras al cadáver v lo sumergían largo tiempo en agua salada, y luego lo trataban con la linfa de la dracena (planta autóctona de las islas) antes de envolverlo en pieles de cabra. Eran también expertos en la trepanación del cráneo.
Así vivió, pacíficamente, el pueblo guanche hasta el siglo XIV, cuando los primeros portugueses - a los que bien pronto les siguieron los genoveses - atracaron en las islas.
El ocaso definitivo de la cultura aborigen de Canarias se produjo en el siglo XV, con la llegada de los españoles. Más, si las poblaciones de las otras islas, desgarradas por rivalidades intestinas, no opusieron gran resistencia a los conquistadores, los habitantes de La Palma, Tenerife y, en especial, Gran Canaria se comportaron de manera completamente diferente. Los 14 guarnatemes de Gran Canaria formaron una coalición (la tradición afirma que el mérito fue de la princesa Andamana de Gáldar, quien sedujo a los catorce para empujarlos juntos a la lucha), oponiéndose denondadamente a los invasores. Cuando finalmente Gran Canaria cayó en manos de los ibéricos, los heroicos jefes guanches prefirieron la muerte antes que la sumisión y se arrojaron al mar desde lo alto de los acantilados.
La conquista española quedó sellada el 29 de abril de 1483 por obra de Pedro de Vera, que contó con la ayuda de un guarnateme del norte, tal Tenesor Semidan, que había sido capturado y convertido; de tal modo, todo el archipiélago quedó anexado al reino de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel.
La ocupación española asestó a la civilización guanche un golpe mortal, que la llevó literalmente a desaparecer de las Canarias en breve tiempo. Mas de su larga presencia en el territorio quedan huellas y recuerdos en los restos de antiguas viviendas, en las cavernas y las grutas sepulcrales, en las incontables momias sacadas a luz, en la infinidad de objetos de terracota, piedra y hueso que constituyen hoy el auténtico patrimonio cultural y artístico expuesto en el interesante Museo Canario de Las Palmas La dominación hispana cambió radicalmente, además, el destino v el rostro del archipiélago, transformándolo en escala obligatoria de la ruta hacia las Américas; aquí hizo alto tres veces Cristóbal Colón (la primera vez, entre el 25 de agosto y el 1 de septiembre de 1492, durante su primer viaje al Nuevo Mundo, para reparar las velas de la “Niña” y el timón de la “Pinta”); entre las postrimerías del siglo XV y la primera mitad del XVI, los portugueses introdujeron aquí los primeros cultivos de caña de azúcar e importaron los primeros esclavos de Africa; aquí, entre los siglos XVIII y XIX se asentaron numerosos ingleses, compradores de vino y cochinilla de Cananas y, a su vez, introductores en el archipiélago del cultivo de plátanos, tomates y patatas, estas últimas destinadas a complementar el tradicional gofio (harina de maíz tostada), alimento principal de la población de la isla. De este nodo, la economía de las Canarias fue desarrollándose de manera creciente e incesante hasta ver reconocida, con gran satisfacción, la jurisdicción de puerto franco y recibir a los primeros turistas, todo ello a mediados del siglo XIX. Mientras tanto, la población iba cobrando un aspecto cada vez más cosmopolita, como corresponde a una verdadera encrucijada entre continentes. Mas el destino de estas islas estaba entonces, como lo sigue estando ahora, unido a España. En 1927 el territorio fue dividido en las dos provincias de Las Palmas de Gran Canaria (que comprende las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura) y Santa Cruz de Tenerife (Tenerife, La Palma, Gomera e Hierro); el 18 de julio de 1936, con el ''Comunicado de Las Palmas'', el general Francisco Franco anunció desde aquí el golpe militar. Desde 1983 disfruta de una relativa autonomía, pero es siempre una región española. Los recursos más importantes de la economía siguen derivando de la agricultura, la cría del ganado y la pesca (las aguas del archipiélago son muy abundantes en peces), si bien el turismo va ganando cada vez más en importancia, hasta el punto de que, en los últimos años, ha demostrado ser el verdadero tesoro de las Islas de la Eterna Primavera.


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